Viviendo lejos del hogar

Llego y está mi mesa de la esquina al lado del ventanal, vacía, sin ocupar, esperándome.

Y suena “Englishman in New York” de Sting.

Que no ha sido el caso, pero si lo fuera. Si el gris fuera el color de este sábado, estas circunstancias lo inundarían de luz.

Y sí, voy a escribir.

Aunque los vaqueros y la blusa no eran de lo último en moda porque acababa de comprarlos el día anterior en los chinos, Sarisha se veía guapa.

Su larga melena azabache enmarcaba un hermoso rostro, unos inmensos ojos que siempre estaban riendo y en la boca una sonrisa permanente. No es que tuviera motivos todo el día para sentirse feliz, pero estaban disfrutando tanto su madre como ella de aquello que llevaban deseando desde la muerte de su padre, vivir y trabajar fuera de la India. No era un capricho. No eran turistas al uso. No.

Una viuda y su hija sufrían mucha presión de la familia y de la sociedad. Todo pasaba por el tamiz de lo correcto. Había que andarse con pies de plomo y contener hasta las carcajadas porque las habladurias eran una losa que cae encima y de la que luego no te das librado.

Con mucho pesar, y tras muchas conversaciones tras la cena madre e hija subían a la terraza de casa y allí fraguaban su plan mientras tomaban un té. No tenían muchos ahorros, no los suficientes para los pasajes y mantenerse hasta que encontraran un trabajo, así que Rohana, la madre de Sarisha, sacó del joyero todas las piezas que su esposo le fue regalando por cumpleaños y aniversarios, y les dio un mejor destino. No iban a colgar en su cuello, ni lucir en sus dedos. No. Serían el pasaporte hacia occidente.

Y en este momento, mirándose al espejo solo pensó en ponerse rápido las sandalias. Tenía prisa porque en media hora tenía que entrar a trabajar en la panadería. Era un pueblo pequeño y las distancias eran muy cortas, llegaría pronto. Estaba ahorrando para comprarle a un vecino una bicicleta antigua que vendía muy barata, no tenía ni marchas, pero ella sabría arreglarla. Le hacía ilusión.

En la panadería no ganaba mucho, pero le satisfacía mucho la confianza que había puesto en ella cuando fue a pedir el puesto de ayudante de panadera. Ahora, a veces por encargo, hacía chapatis. Y gustaban mucho.

De Calcuta había traído un sari y su caja de especias, regalo de su tía Suri cuando cumplió doce años. Y ahora en este pequeño pueblo costero de Galicia a donde les llevó el destino cuando dividieron en tres partes todo el dinero que habían reunido, y el billlete llegaba a Santiago de Compostela. Pues de su periplo gallego no solamente estaban atesorando buenas amistades sino sacos y sacos de ternura y empatía que ella repartía, pero que también recibía.

Y la vida sigue.

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