Cuando eres de perros…

Estoy entre las mazorcas de maíz haciendo muñecas como me enseñó la abuela, y oyendo las historias que me cuenta. Historias bajo el manzano.

Como íbamos a estar todo el día me trajo la merienda, queso, pan y unas galletas de vainilla. Luego nos lo comeremos.

Esta mañana estoy de estrena. Ayer la abuelita se pasó la tarde haciéndome un delantal con trozos de tela. Una de ellas era el faldón de la camisa que el abuelo ya no se puede poner porque le queda estrecha. Me puso un volante de vichy, y un gran bolsillo, dice ella que es un sitio secreto para guardar tesoros. Me gusta. Lo voy a cuidar mucho.

No me mancho, soy cuidadosa, eso le tengo oído decir a la abuela cuando habla con las amigas. Sólo me pierdo un poco cuando juego con Lúa, mi perrita. O voy con el abuelo encima del carro a la leira. Pero al llegar a casa, la abuela no me deja comer si no me lavo bien. Todos los días no, pero cuando vamos a la feria y cuando hay escuela, la abuela me echa unas gotas de colonia que me compró en el mercado de Friol cuando fue con la cesta llena de quesos, y los vendió todos. La colonia vino a casa a escondidas. Claro, los hombres no entienden la importancia de unas gotas de colonia. Tengo cinco años y soy feliz en la aldea con los abuelos y mi perrita.

LLega el buen tiempo, y hoy sábado seguro que los arenales están a rebosar de familias que a primera hora han bajado los trastos playeros de los trasteros o la buhardilla y están preparando el rancho. Unos bocadillos o algo más elaborado como pollo al ajillo y una tortilla. Todo depende de las ansias por escapar. El coche aparcado en la calle y el depósito lleno.

Ah, qué hacemos con el perro?

Aquí está la pregunta clave. La respuesta de la familia va a ser decisiva en el futuro de un ser, que no es un ser humano, pero diré a su favor, que nadie entrega tanto amor y alegría a la familia de la que forma parte, de la que él cree que forma parte. Pero a veces la crueldad, la frialdad y la indiferencia arrojan a perros, gatos y demás mascotas del hogar, con tanta ligereza como tirar un felpudo usado o una botella de leche caducada. Con la misma indiferencia.

Él se arrojaría a un incendio para salvarte. Tú no lo arrojes del coche en la autopista porque vayas a tomar el sol, y te estorba.

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