La señora María se incorpora a nuestra tropa

Es un trabajo de corta y pega porque estoy transitoriamente incapacitada para escribir. De Te cuento.

De entre las veinte sillas que habían estado en el velatorio a ambos lados del féretro, ella había escogido una del fondo , entre las coronas de flores. Embargada por su aroma y flotando. Recibiendo el pésame de unos y otros, abrazos, caricias, llantos y susurros. Cincuenta años, cincuenta años que habían transcurrido entre muchos sinsabores, menosprecios y amargura.

Y ahora se había quedado sola. Sola en la vida y sola en el espacio vacío de su dormitorio.

Sentada en su silla, y envuelta en sensaciones contradictorias, el dormitorio vacío se le antojaba liberador. El comienzo.

Con un suspiro abrió las contras de las ventanas y dejó que entrasen los rayos de sol que al instante dibujaron arabescos en el suelo de castaño.

La señora María tenía 71 años. Toda la vida la había pasado trabajando en el campo y en casa. Toda la vida al servicio de su esposo autoritario, y ahora podía tomar las riendas de su propia vida.

Bajó las escaleras, se puso una chaqueta sobre los hombros y se calentó una taza de caldo. Necesitaba pensar.

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Abrió el portón trasero de la vieja furgoneta de la casa para que entrara Pepa, su fiel y adorable perrita. La había recogido cuando, empapada y muerta de hambre y frío, merodeaba por el camino de acceso a la casa cuatro años atrás.

Compañeras de aventuras.

Juntas iban a emprender un largo camino con un único objetivo, ver el mar. Para María sería su primera vez, para Pepa no se sabía. Pero lo que tenían claro, era que una de sus grandes ilusiones estaba a punto de cumplirse. Ya habían pasado cuatro meses del fallecimiento de su marido, y cada día se levantaba con más alegría, porque era la dueña de su vida, y en sus manos estaba el rumbo que podía coger.

Tenía muchos proyectos. Unos ya casi consolidados para vender los productos de la granja: miel, huevos, mermelada y galletas hechas por ella misma. Para ello se hizo con una tiendecita en el pueblo, en la casita donde antes estaba la botica, que se había mudado a un bajo mucho más amplio y más vistoso en el edificio que se acababa de construir cerca del ambulatorio. El local al que le había echado el ojo estaba enfrente del ayuntamiento. Su sobrino Matías, albañil, carpintero y todo lo que era menester, le puso el suelo de castaño y unas estanterías de pino tratado con un aspecto envejecido. Picaron las paredes para que la piedra asomara. En el alféizar de la ventana macetas de flores y estores de vichy. Conservó la puerta de hierro que lució con una mano de pintura rojo inglés. En el mostrador cestas de caña hechas a mano por un vecino, para las cosas menudas.

Por la parte de atrás se salía a un patio desaprovechado y se le ocurrío hacer un pequeño jardín. Dos mesas desiguales y rescatadas de los muebles que tiran los vecinos , y unas sillas de lo más variopintas. Quería que los que vinieran a comprar se tomaran un café o un té si les apetecía. Total una jarra para calentar agua, unas tazas y una caja de galletas tampoco era mucha intendencia. Y de paso contemplarían las hortensias, las violetas, manzanillas y plantas aromáticas que florecían en aquel pequeño y entrañable rinconcito.

En la granja había recogido la primera cosecha de los frutales desde que se había quedado sola, y tenía manzanas, peras, ciruelas. Moras y frambuesas en los caminos alrededor de la casa. Más que suficiente para hacer una buena remesa de botes de mermelada para la tienda.

Las uvas de la parra estaban creciendo. Les vendría muy bien el dulce sol de finales de verano.

El huerto estaba a rebosar de tomates, calabacines, zanahorias, lechugas, pimientos, ajos y cebollas.

Las patatas estaban casi a punto para recogerlas, pero hasta mediados de octubre no había prisa. Todo tiene su momento.

Las gallinas, conejos y las cuatro vacas estaban alimentados y limpios. Había encargado a su vecino Matías, el de la granja cerca del río, que al día siguiente fuera a darles de comer y sacara a pastar a las vacas al prado.

Todo en su sitio. Todo arreglado.

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Dio la vuelta a la furgoneta, subió a ella y se despidió de su casa. Sus ojos brillaban. Puso la llave en el contacto.

Con este gesto comenzaba la aventura de recorrer 170 Km para pasar un fin de semana a la orilla del mar. Que 71 años son muchos para emprender esa aventura? No sabeis de lo que es capaz una mujer decidida!

Con los zapatos en una mano y la correa de Pepa en la otra, se adentró en el gran arenal poco concurrido en esa época del año. Solo unos bañistas en el agua, un hombre joven corriendo mientras escuchaba música, y una familia con muchos niños que ya estaban recogiendo para irse. Podría decirse que tenían la playa para ellas solas.

El sol comenzaba el ritual del final de la jornada. Tonalidades amarillas, rojas y anaranjadas se mezclaban en el horizonte para mostrar un verdadero espectáculo. La señora María estaba extasiada. Pardiez! Había visto amaneceres y atardeceres, claro que sí. Y bien bonitos. Pero aquello era prodigioso. Además sentía como su cuerpo se llenaba de sosiego, ternura, alegría. Era un regalo.

Pepa correteaba disfrutando también del mar, jugando con las olas. Se alejaba corriendo y volvía hacia ella con toda la despreocupación y entusiasmo que compartía con su dueña. Mientras ella caminaba por la orilla dejando que el mar acariciara sus pies descalzos y que la brisa revolviera sus cabellos.

No pensaba en nada, solo estaba viviendo el momento y disfrutando de cada segundo.

Cuando llegaron a la furgoneta ya oscurecía. Tenía que buscar en el pueblo más cercano, dónde pasar la noche.

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Mujeres, casi exclusivamente mujeres circulaban presurosas por las callejuelas del pueblo. Unas a recoger el pan, los pasteles y tartas que habían encargado. Otras con las bolsas del ultramarinos, que estaba abierto aún siendo festivo. Compras de última hora y el menú ya tomando forma en sus cabezas. Era el día de la fiesta.

María estaba asomada al pequeño balcón de la habitación de la casa de huéspedes, y era testigo de lo que acontecía.

El día anterior cuando ella y su perrita Pepa subieron a la furgoneta después de disfrutar de una ensoñadora puesta de sol en la playa, se sintió preocupada, no tenía ni idea de dónde iban a pasar la noche.

Siguió adelante circulando siempre al lado del mar, y aparecieron las primeras casas. Unas con jardines muy cuidados en la parte delantera, y otras en medio de parcelas con huertas, frutales y cobertizos.

Un instante más tarde, el pueblo parecía pequeño y recogido, supuso que habían llegado al centro del pueblo porque ya había algún comercio, tienda, y una gran fuente en el centro de la plaza rodeada de bancos.

Sacó a Pepa de la furgoneta y le puso la correa. Daría una vuelta y se informaría si había un hotelito barato, una fonda, una pensión. Cualquier aposento sería bienvenido.

Las farolas ya estaban encendidas y una brisa cálida invitaba al relax, a sentarse en una terracita y olvidarse de todo.

Un local le llamó la atención. Una pequeña cafetería que,a la vez que vendía pan y pasteles, tenía unas mesas afuera con velas en un bote de cristal y un ramillete de flores de lavanda en una simple lata. Una suave música salía del interio dejándola embelesada. Y allí mismo se sentó en una mesa libre.

Una joven que perfectamente podía ser su nieta acudió solícita. María tenía apetito. Alrededor de mediodía había comido un poco de pan, queso y una manzana que había traído de casa. Ahora le apetecía cenar en condiciones. Preguntó lo que podía comer y esperando que solo fuera un bocadillo o algo parecido, se sorprendió con la recomendación de la joven. Podía comer maruca a la gallega. Qué delicia. Desde luego que sí. Aceptó el manjar. Hacía siglos que nadie cocinaba para ella.

Le comentó a la chica si le podía traer algo para la perrita, pues Pepa la miraba con ojos ansiosos y ella también se lo merecía.Unos trocitos de carne y un cuenco con agua. Como dos reinas. Con una porción de tarta de zanahoria y un té remató la cena.

Le vino a la cabeza que su problema aun estaba sin solución. En algún sitio tendrían que dormir. Y así fue cómo supo de la pensión que tenía la madre de la chica, que por cierto se llamaba Nuria. Le dijo que su padre había fallecido hacía dos años. Era pescador y su madre completaba la pensión alquilando la habitación de la hija, pues ahora vivía con su novio. Resultó ser una amplia habitación abuhardillada, con un baño y una pequeña salita. Además estaba cerca.

Allí se fue. Satisfecha con la magnífica cena y la ilusión de tener un alojamiento. Todo había salido a pedir de boca y además, Pepa podía quedarse con ella.

Por todo el lateral la buhardilla se recortaba formando una pequeña terraza. Plantas y una mesa con dos sillas lo convertían en un sitio ideal para relajarse antes de irse a dormir.

Cuando soltó su bolso de viaje en el suelo, se asomó a la terraza y un enorme suspiro y un relax enorme llenó su cuerpo.

Había dormido bien. Las sábanas olían al aire del mar. La temperatura era perfecta para dormir con la ventana entreabierta. Su cuerpo necesita descanso, ni la orquesta cercana la despertó. Solo lo hicieron las gaviotas y los primeros rayos de sol. Por un minuto no sabía ni donde estaba. Se miraron una a la otra y con una caricia tranquilizó a su perrita. Todo bien.

Abrió la puerta de la terraza de par en par par que se inundara el aposento de la cálida brisa, y descalza se dirigió al baño.

La noche anterior, cuando Lucía la madre de Nuria, le mostró la buhardilla, lo que más le llamó la atención fue esa estancia. El baño no estaba oculto al final del pasillo porque aquí ni lo había, formaba parte del conjunto.Separado del dormitorio por un armario y el resto por un mueble bajo muy parecido a una cómoda, llena de toallas. Cajas y cestos recogían jaboles, sales, pañuelos de papel, todo lo necesario, pero sin lujos. Una planta y un cuenco con conchas lo decoraban.

Ahora le apetecía un baño. Un baño relajante y sin prisas, pero Pepa reclamaba su paseo, y tenía que conformarse con una ducha. Salió del baño con una toalla enrollada al cuerpo y perfumada con aroma de limón. Unas voces le llegaron del patio de la casa. Dejó la toalla encima de la cama y se vistió. Una blusa blanca hacía resaltar su piel curtida por el trabajo al aire libre. Unas sandalias negras igual que la falda la mantendrían fresca y ligera durante todo el día. En el espejo del armario se echó un vistazo mientras se arreglaba el pelo con los dedos. Su marido, su difunto, no aprobaría tanto arreglo. Pero ya no estaba presente para censurarla y criticarla, para hacerla sentir menos que una pisada.

Con un gesto con la mano alejó esos pensamientos, y con una sonrisa se asomó por la terraza para saludar a los ocupantes del patio. Lucía estaba acompañada por un hombre, y después de un saludo con la mano le invitaron a bajar a desayunar.

De la mesilla de noche cogió el colgante que era un pequeño reloj heredado de su madre y que siempre llevaba puesto, y con Pepa a su lado bajó las escalera.

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