No traigas más ranas a casa

En una bolsa para congelar hizo un pequeño corte en una esquina y se la quedó mirando. Valdría.

No encontraba la manga y la boquilla para rellenar con crema los canutillos de las cañas. No era cuestión de llamar a Elsa y preguntárselo, porque la sorpresa era para la cena de la noche. Habían invitado, como todos los viernes, a un grupo, grupito de amigos porque solo serían cinco contándose ellos. Y para el postre le apetecía que se deleitaran con algo artesano, que no serían tan perfectas tal vez, pero sí más sanas y sabrosas.

Era un hombre muy detallista, tal vez era una deformación de su profesión oculta. Además lo es porque lo he creado yo en mi imaginación, y tengo el poder en mis manos. Pues a lo que íbamos.

Detallista porque no contento con el magnífico resultado de las veinte cañas que había hecho, las colocó en una bandeja de madera alargada con una servilleta de cuadros de vichy por debajo. El resultado era muy atrayente, no solo por el postre en sí sino también por la estética.

Un buen repaso a la cocina. Ordenada porque aún le quedaba por hacer el bacalao con salsa, pasas y huevo duro, pero con que empezara a las ocho le daba tiempo. La empanada de pulpo ya la había recogido en la panadería de la esquina donde por la mañana temprano había tomado café. Todo listo.

De pequeño, hace ya tanto tiempo, ahora tenía 52, su abuelo era su mundo. El abuelo Matias siempre andaba argallando. Todo el tiempo que tenía libre, era ferroviario, estaba dándole vueltas a tal o cual proyecto. Que si tenemos que poner en el jardín una ducha con suelo de madera, pues allá se iban. Que si con un cajón de una mesilla vieja le hacían a la abuela una bandeja para llevar el café a la mesa del salón. Y así hasta el infinito de planes. Y el pequeñajo a su lado, ayudando, dando ideas, riendo cuando algo no les salía tan bien.

A veces en verano caía alguna regañina porque la casita parecia un zoo. Al niño le fascinaba rescatar, según él, a todo tipo de animalito. Tuvieron unos instantes a una ardilla que se puso histérica cuando salió escopeteada de la chaqueta del chandal con la que Andrés la había traído a casa. La pobre vio la ventana abierta y puso tierra por medio. Bendita libertad. Pero ese no fue el único huésped. Grillos, ranas, saltamontes, perros, gatos. Los domésticos se quedaban para siempre, pero con la advertencia de que esos y nada más.

Ahora había salido al patio. Un pequeño espacio con una buganvilla azul que se enredaba por la fachada. Unos parterres con prímulas, es lo que tocaba por la época del año. Una mesa hecha con dos palés, rodeada de sillas desparejadas, la mayoría rescatadas de la basura. Una pequeña barbacoa hecha a mano con ladrillo. Y un horno diminuto que hacía las delicias de todos los que venían a comer a casa porque las pizzas y el pan que hacía eran insuperables.

Tendría que abandonarlo todo. Todo. Y de repente, sin avisar, sin dar ninguna pista. Y era urgente. Su tapadera estaba compremetida. Y en esos momentos lo más importante es que no lo descubrieran porque su misión era primordial para la seguridad del país. Y sería en pocos días.

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