La tranquilidad

Con los pies descalzos solo cubiertos por unos cálidos calcetines, reposando sobre un escabel recién tapizado por la creativa Sara, leía al lado del ventanal desde el que veía un rinconcito de la playa.

Su hermana gemela había salido a pasear. Todas las tardes ella iba en avanzadilla y luego se reunían para dar una última vuelta, para dejar azotar la cara por la brisa otoñal del mar, de ese mar que tantos años anhelaron.

Con sus ahorros, arañando en la compra, en los gastos, lo habían conseguido. Era un anhelo compartido, lo que las motivaba. Y es tan importante tener un motivo!

La casa había sido una ganga. El pueblo costero donde pasaron veinte años veraneando desde que se quedaron solas, y ahora era su hogar, las recibió de una forma tan acogedora que presentían que ese sería el entorno del que disfrutarían en su jubilación. Cuando su mejor amiga, la cariñosa y dulce Amanda, les dijo de la casa, la casa del hijo de un pescador que se tenía que trasladar a la capital porque su mujer había aceptado un muy buen puesto, y se desprendían de la casa, vieron un destello de luz resplandeciente. Ese sería su hogar.

Eran felices con sus achaques por bandera, pero fuertes y disfrutonas.

Solo Adela había tenido hijos y ahora nietos. Nietos que ahora las llenaban de energía cuando venían a verlas. Qué bien se lo habían pasado el verano pasado cuando su hija tuvo que ir a un congreso una semana y les dejaron a los pequeños. Cuatro seres de edades tan dispares pero disfrutando como niños. Picnics, paseos por la playa al atardecer cuando había menos gente para que Martín, su cachorro correteara a su alrededor haciendo las delicias de toda la tropa. Habían cocinado galletas de avena y mermelada de higos de la higuera del jardín. Compras por el pueblo, presentando a los nuevos miembros de la familia a todos los que se encontraban. Orgullo de abuelas. Eran los nietos de una, pero como si fueran de las dos.

Y la vida transcurre. Los días pasan y las envuleve la monotonía. Bendita monotonía.

Sara sentada junto a la ventana leyendo, haciendo pausas para contemplar las mariposas que se vienen a posar en las macetas de flores que tienen en la ventana y revoloteando por el jardín.

Haciendo pausas para saborear lentamente una taza de té chai con un toque de leche que se acaba de preparar.

Haciendo pausas para sonreir porque lo han conseguido. Vivir en la costa, con el mar cerca. Con la posibildad de caminar siempre que se les antojara, por la orilla, comer pescado más fresco imposible, ser un elemento más en las grandes tormentas costeras invernales. Una palabra lo encierra todo: tranquilidad.

Un segundo, solo un segundo, y todo cambia.

Nota que algo no va bien. Se le hace un nudo en la garganta y le late acelerado el corazón. Algo le está pasando a Adela. Lo deja todo y descalza como estaba atraviesa el jardín seguida por Martín y baja por el estrecho camino hacia la playa. Es Martín, con su fino olfato de cachorro, el que la localiza detrás de una gran duna. Llegan junto a ella en unos minutos. Está mareada, semiinconsciente y muy pálida, pero lo peor está descartado.

“Todo va bien, estás bien. Ya estoy aquí , mi niña” Siempre le llamaba “mi niña”

Se sentó a su lado y la abrazó apoyándole la cabeza en su hombro. Todo era debido a la tensión que de vez en cuando le daba unos pequeños toques. Todo superable.

Volvieron a casa cogidas del brazo y despacito. Sus ochenta años no daban para muchas carrera. De carreras se encargaba Martín que hizo como diez veces el recorrido hasta el jardín de casa y volvía a buscarlas.

“Ahora calentamos la sopa de pescado y nos tomamos unas tacitas mientras me cuentas porque eres tan tozuda y no quieres llevar el móvill cuando vas a pasear”

Aviso de la autora: “Tengo muchas, muchísimas ganas de escribir, así que os voy a machacar con tanto relato”

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2 comentarios en “La tranquilidad

  1. Cada día te superas y en vez de ser un relato corto deberias dejarte llevar y ver a donde llegan tus historias. Siempre nos dejas con ganas de màs y de que continue el relato. Que el 2018 no te cambie ni un àpice!

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  2. ay creo que os aburriría!
    Es un placer que me comentes, que me leas, siempre.
    Cuánto más escribo más se despierta mi imaginación, así que supongo que os seguiré martirizando con más historias.
    Un abrazo, querida amiga

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