Una niña costurera

Corre el año 1922.

Con 11 años, un vestido raído y unas zocas en los pies dejó su casa, y aterida de frío y miedo va caminando detrás de la modista a la que va a servir.

Trini es valiente. Cuando unas semanas atrás por el camino en la aldea la atacó una serpiente, tuvo la sangre fría de darle un buen golpe en la cabeza con la vara que llevaba en la mano, y aún luego le machacó la cabeza con la zoca.

Trini era muy cariñosa. Cuando falleció su madre de unas fiebres, con ella de cuerpo presente en el velatorio, y contemplando su rostro, alargó el brazo y con su manita apretó la de su padre. Estaban juntos en el dolor.

Trini era hacendosa. Dejó la escuela porque con la faena que tenía ya casi nunca iba. Había aprendido a poner su nombre perfectamente. Cómo le gustaba echar firmas con el pizarrín! Pero ahí se quedó su etapa de aprendizaje, ahora le tocaba aprender de la vida.

Ayudaba a su padre con los animales, en la huerta, hasta llevaba la ropa al lavadero del pueblo y hacía malabarismos para no caerse al agua con el ímpetu de lavar, frotar y aclarar las prendas.

Sobrilados, hilvanes, poner botones. Poco a poco, hasta que con su buen hacer se ganó la confianza de la costurera y le encargó con toda la responsabilidad del mundo cortar una camisa. Sintió un cosquilleo en los dedos cuando cogió el jaboncillo y comenzó a trazar el patrón. Fue todo un éxito.

La Sra Rosa le dejó hacerse un vestido para ella de una tela de sábana que les había regalado la mujer del boticario de Palas. No podía estar más contenta. Hasta estuvo días y días pensando en cómo forrarle los botones porque se quedó embelesada cuando vió en una hoja de periódico con la que les habían envuelto un poco de tocino, una blusa con unos preciosos botones forrados.

En su tiempo libre iba definiendo el corte del vestido, el vuelo de la falda. Si tuviera una puntilla de organdí se la pondría al cuello, pero no, no la tenía. Así que pensó en poner el cuello y los botones en un color diferente con un trocito de tela que tenían sobrante. Qué idea tan atrevida y original! Fue todo un éxito. Hasta las clientas cuando iban por las casas de los pueblos quedaban admiradas y querían uno igual.

Muchos años después cuando era una consumada modista, aunque seguía con Doña Rosa, precisamente el azar las llevó cerca de su aldea y allí se enteró de que su padre se había vuelto a casar y que su mujer estaba preñada. Se alegró por él, así no estaría solo, pero se le empañaron los ojos y tuvo que levantar la barbilla al frente y mirar al horizonte forzando una sonrisa. Algún día ella tendría una familia.

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2 comentarios en “Una niña costurera

    • Era mi abuela y mi madrina. Toda yo se lo debo, su ternura, su optimismo, su valentía supo cómo transmitirmela y estoy muy agradecida. No me cansaría de escribir sobre ella

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