Viviendo cada día

Con su Seat 124 rojo cereza con matrícula de una sola letra llega como una reina al club naútico.

Desciende de su carroza con toda la majestad que le otorgan sus ochenta largos años plenos de energía . No lo cierra. Para qué ? No cree que nadie sienta una pasión arrebatadora por poseer su coche. Además todos la conocen.

Lleva años y años que, irremediablemente el puerto emite su llamada y ella responde. Antes iba a recibir a su marido pescador, ahora repite el mismo acto aunque él no arrive. Lo ve como una suerte de homenaje.

Se vuelve. Magnífico día. La mar está plácida, como diría su difunto marido.

_Pedazo de carro ha aparcado a la vera de mi coche. Qué despropósito! Si hasta se le levantan las puertas! Había leído que los coches del futuro volarían o algo así, pero ya está sucediendo? Dejémoslo.

Se colocó el chal que llevaba sobre los hombros. La mañana aunque luminosa traía hacia la costa el “relente” del mar, y sus huesiños reclamaban protección. Además el chal tenía un plus añadido de ternura, se lo había calcetado su tía hacía muchos, muchos años, pero se conservaba como el primer día.

Entró en la cocina del Club Naútico y depositó encima de la mesa un paquete atado con un cordel y dentro dos botes de mermelada de higos. Echó una ojeada a las potas en el fogón, la ventana con macetas llenas de hierbas aromáticas, un perchero con un delantal y una chaqueta colgados. Todo muy ordenado. Todo en marcha.

Salió Fabián de la despensa y se quedó mirando el hatillo sonriendo. Siempre le sorprendía que su querida amiga no usara bolsas y que le trajera pequeños paquetes muy apretados y sujetos con cordel, a veces papel de periódico, otras veces un pedazo de tela. La explicación que le dio le sorprendió aun más. La gente de la mar, por lo menos la de la época de mi marido, no llevaba bolsas de plástico en la embarcación y, cuando necesitaban hacer un paquete echaban mano de lo que tenían, un cabo y un papel o tela había siempre.

De sus años de chef en uno de los mejores restaurantes de Zarauz, Fabián solo había rescatado para su nueva vida de asceta, el orden, todo lo demás le generaba un grandísimo estrés, del que precisamente estaba huyendo, y ya lo había apartado de su mente.

Anita, con ser veinte años mayor le aportaba una visión muy relajada de la vida cotidiana. Simplemente las horas que compartían eran los mejores momentos del día.

Hacía dos días, en su jornada de descanso, salieron a navegar en su velero por la ría, y luego una comida bajo la parra que inundaba de sombra y quietud el pequeño jardín de la casa de su amiga. Café y una tartita de queso que había llevado. Confidencias, risas, empatía mutua.

Anuncios

2 comentarios en “Viviendo cada día

  1. Que tú, lectora empedernida, me lo digas, me llena de alegría.
    Compartir con todos vosotros estos relatos me llena de satisfacción y que os gusten ya es la repera; pero vamos a ver, eres mi amiga y me ves con buenos ojos, como se dice.
    Esta esquina del puerto está plagado de gaviotas, un pesquero está limpiando las redes y claro los bichiños van a comer. Una algarabía.
    Qué me enrollo!
    Gracias Sole

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s