Dejémoslo pasar

Cuánto costaba abrochar esos pequeños botoncitos, perlados y muy cucos, pero la mar de difíciles. El último por fin.

Conchita con sus noventa años estaba en plena forma, achaques aparte, no se podía quejar. Se sentía feliz.

Coge el sombrerito de rafia y tela, adornado con una cinta de batista y pequeñas flores secas, y a trotar.

Su primera parada es la cafetería de la plaza. Susa la dueña es su amiga desde la juventud, y aun hoy tienen cosas que contarse y se echan unas risas con la vida cotidiana y viendo a la gente pasar.

De achaques ni hablar.

Tiene que comentarle, o no, el pánico que la invadió al despertarse y percibir por unos segundos que no recordaba ningún nombre, ni el nombre de su hija, de su amiga, de sus vecinos, de los actores de la serie que había visto anoche. pero fue un segundo. Se asomó a la ventana que daba al jardín y se dijo que todo pasaría, que no podía ser para siempre. Lo puedo controlar. Puedo recordarlos.

Vinieron a ella poco a poco, como un saco de regalos, como joyas para conservar.

Lo metió en un rincón de su mente porque no tenía sentido tener presente  el problema todo el día.

Susa, qué te parece si vamos a que nos dé un masaje Leo?

 

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2 comentarios en “Dejémoslo pasar

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