A todos los que ayudan a conseguir los sueños

Pueden ser grandes empresas que conllevan muchos esfuerzos y planificación. Pueden ser pequeños proyectos o solo cambios de rumbo imperceptible. Pero para todos necesitas ayuda.

Yo siempre pienso que es como una embarcación en una tormenta colosal. El capitán solo está luchando por mantenerla a flote. Ora a golpe de timón, ora arriando una vela, o achicando el agua. Está solo. Pero qué bien le vendría que le echaran una mano, que se pusieran a su lado, ya no para acallar la tempestad, sino para luchar codo con codo.

A veces no necesitas nada más que una mano en la espalda, nada más que una palabra de aliento o un guiño de complicidad. Solo eso.

Por ello, a los que me conocéis y sabéis cuál es mi anhelo, gracias por todo lo que me aportais, por crear una corriente de empatía y convertirla en el motor de la embarcación que me lleva a puerto seguro.

No se mencionan los vientos huracanados, las lluvias torrenciales o la ruptura de la vela mayor, que en conjunto amenazan con hacer zozobrar la embarcación. Y no se menciona porque contra todo esto puede la fuerza, el empeño y la fuerte disposición de vencer todas las adversidades, que el capitán de este proyecto se asegura reforzar cada día, y que vosotros afianzais.

Gracias. Y a por ello!

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Lo japonés, qué cool!

Recién descubro una técnida de bordado, aunque dudo que encaje en el concepto al uso, y estoy fascinada. Con la creatividad a tope ya estoy viendo la ropa customizada con estos remiendos. Carteras para el verano y demás. Esto lo hacían los campesinos del país nipón. Se les rompía la ropa y buscaban una tela que les valiera para tapar el roto, hasta podía ser un trozo de saca, digo yo, y lo cosían. Pero lo que destaca es que las puntadas eran más que visibles, estaban resaltadas, como si fueran un bordado. Esta técnica hoy se llama boro y sashiko las puntadas a modo de bordado.

Preciosa idea.

Y los cerezos en flor.

Y los kimonos.

Y el sushi, que me encanta.

Y el libro que estoy leyendo ahora. Sobre unas mujeres currantas en Tokio.

Qué bonito todo!

Hasta que leo la tasa de suicidios.

Los pisos habitación donde viven.

Las pensiones de los ancianos. Tales que son capaces de cometer un delito para que los metan en la cárcel, y así tener asegurada la comida y un techo.

En fin…

Ya no parece tan cool, verdad?

Viviendo lejos del hogar

Llego y está mi mesa de la esquina al lado del ventanal, vacía, sin ocupar, esperándome.

Y suena “Englishman in New York” de Sting.

Que no ha sido el caso, pero si lo fuera. Si el gris fuera el color de este sábado, estas circunstancias lo inundarían de luz.

Y sí, voy a escribir.

Aunque los vaqueros y la blusa no eran de lo último en moda porque acababa de comprarlos el día anterior en los chinos, Sarisha se veía guapa.

Su larga melena azabache enmarcaba un hermoso rostro, unos inmensos ojos que siempre estaban riendo y en la boca una sonrisa permanente. No es que tuviera motivos todo el día para sentirse feliz, pero estaban disfrutando tanto su madre como ella de aquello que llevaban deseando desde la muerte de su padre, vivir y trabajar fuera de la India. No era un capricho. No eran turistas al uso. No.

Una viuda y su hija sufrían mucha presión de la familia y de la sociedad. Todo pasaba por el tamiz de lo correcto. Había que andarse con pies de plomo y contener hasta las carcajadas porque las habladurias eran una losa que cae encima y de la que luego no te das librado.

Con mucho pesar, y tras muchas conversaciones tras la cena madre e hija subían a la terraza de casa y allí fraguaban su plan mientras tomaban un té. No tenían muchos ahorros, no los suficientes para los pasajes y mantenerse hasta que encontraran un trabajo, así que Rohana, la madre de Sarisha, sacó del joyero todas las piezas que su esposo le fue regalando por cumpleaños y aniversarios, y les dio un mejor destino. No iban a colgar en su cuello, ni lucir en sus dedos. No. Serían el pasaporte hacia occidente.

Y en este momento, mirándose al espejo solo pensó en ponerse rápido las sandalias. Tenía prisa porque en media hora tenía que entrar a trabajar en la panadería. Era un pueblo pequeño y las distancias eran muy cortas, llegaría pronto. Estaba ahorrando para comprarle a un vecino una bicicleta antigua que vendía muy barata, no tenía ni marchas, pero ella sabría arreglarla. Le hacía ilusión.

En la panadería no ganaba mucho, pero le satisfacía mucho la confianza que había puesto en ella cuando fue a pedir el puesto de ayudante de panadera. Ahora, a veces por encargo, hacía chapatis. Y gustaban mucho.

De Calcuta había traído un sari y su caja de especias, regalo de su tía Suri cuando cumplió doce años. Y ahora en este pequeño pueblo costero de Galicia a donde les llevó el destino cuando dividieron en tres partes todo el dinero que habían reunido, y el billlete llegaba a Santiago de Compostela. Pues de su periplo gallego no solamente estaban atesorando buenas amistades sino sacos y sacos de ternura y empatía que ella repartía, pero que también recibía.

Y la vida sigue.

A los que nos hacen felices

María León : “Me veo guapa con mi corte de pelo, y va con el momento. Y si estuviera fea me da igual porque yo me quiero”

Esta actitud es la que nos envuelve contra la depresión, la desgana y el pesimismo. Querernos a nosotros mismos, dándonos un voto de confianza siempre y en todo momento , porque somos quienes mejor nos conocemos, quienes mejor sabemos de nuestros anhelos. Luchamos por ellos sin tener que justificarnos ante nadie.

En fin. Qué me ha gustado la frase de María.

Y aquí en la cafetería de siempre, al lado del ventanal. Hoy me estaba esperando mi sitio predilecto.

Mañana es “el día de la madre” y os juro que me parece ver por aquí a más hijos con sus madres. Hijos ya mayores que tienen sus días ocupados con multitud de tareas, pero han reservado este sábado por la mañana para compartir unas horas con su mamá y ponerse el día. O tal vez solo mirarse y tomarse un relajado café.

Y nos conocen nuestros hijos?

Algunos, muchos, tal vez no porque hay muchas mujeres ya de edad que no han sido nunca ellas mismas. Empezaron pronto con obligaciones familiares y tuvieron que arrinconar sus ilusiones, sus proyectos. Ansias se hacer de la costura su profesión, escribir, estudiar diseño, probar en el mundo de la fotografía o de la interpretación, tener su propia floristería o pintar.

Pero había una empresa en marcha, la familia, que a tiempo completo era a lo que se dedicaban. Y qué placer!

Ayer en el hospital coincidí con unos padres muy jóvenes y un bebé de diez días al que le iban a hacer una ecografía. No pude resistirme a hablar con los papás y tampoco me pude resistir a mencionarles que a pesar del trabajo que dan esas personitas menudas, es, por lo menos para mí lo fue, una etapa maravillosa.

Y por eso en el día de la madre recuerdo a aquella mujer que fui, inmensamente feliz con mis pequeños. Y a ellos les doy las gracias!

Por dios, si está sonando Tina Turner! Esto es lo más!!!

Viernes, día de mercado

Apresurada. Por nada quisiera llegar ni un minuto tarde de las nueve, hora de la apertura. Después de lo que sucedió ayer, era eso lo que faltaba.

Durmió mal, muy mal. Le estalla la cabeza de pensar, de darle vueltas al asunto, pero se jugaba su futuro inmediato, y en este mundo hay que afianzarse, no tambalearse.

No es una broker, ni ejerce de secretaria de dirección ni de cirujana. No. Trabaja desde hace seis meses en la tienda de congelados de la esquina. Y bien. Había incorporado la jornada laboral a la rutina diaria con dos niñas pequeñas y el abuelo. Corriendo, pero agradecida y satisfecha, porque estar sin trabajo y solo con la pensión del abuelo era materialmente imposible sobrevivir. Hubo meses que tuvo que echar mano de la cuenta donde tenía la pensión que le pasaba el padre de las niñas, y que se había propuesto no tocarla y guardar todo para los estudios superiores de la pequeñas.

Y ayer, lo que se postulaba como un día normal pasó a convertirse en un tormentoso panorama. Habían abierto una tienda de congelados de la competencia a doscientos metros y hasta en la misma acera.

Inauguración, promoción y regalos.

Ni la décima parte de los clientes traspasaron la puerta en todo el día. Cuando hizo caja le temblaban las manos. Y cuando cerró la verja y puso el candado casi se le saltaron las lágrimas.

Así que hoy casi no tenía que reponer. Por un momento vio la carita de sus niñas cuando desayunaban esta mañana, y se dijo que sería el final, tal vez, pero a ella la encontrarían luchando a brazo partido.

Limpieza de arcones. Todo tenía que estar, más aun si cabe, ordenado y atrayente. Y allá se fue.

Cuando eres de perros…

Estoy entre las mazorcas de maíz haciendo muñecas como me enseñó la abuela, y oyendo las historias que me cuenta. Historias bajo el manzano.

Como íbamos a estar todo el día me trajo la merienda, queso, pan y unas galletas de vainilla. Luego nos lo comeremos.

Esta mañana estoy de estrena. Ayer la abuelita se pasó la tarde haciéndome un delantal con trozos de tela. Una de ellas era el faldón de la camisa que el abuelo ya no se puede poner porque le queda estrecha. Me puso un volante de vichy, y un gran bolsillo, dice ella que es un sitio secreto para guardar tesoros. Me gusta. Lo voy a cuidar mucho.

No me mancho, soy cuidadosa, eso le tengo oído decir a la abuela cuando habla con las amigas. Sólo me pierdo un poco cuando juego con Lúa, mi perrita. O voy con el abuelo encima del carro a la leira. Pero al llegar a casa, la abuela no me deja comer si no me lavo bien. Todos los días no, pero cuando vamos a la feria y cuando hay escuela, la abuela me echa unas gotas de colonia que me compró en el mercado de Friol cuando fue con la cesta llena de quesos, y los vendió todos. La colonia vino a casa a escondidas. Claro, los hombres no entienden la importancia de unas gotas de colonia. Tengo cinco años y soy feliz en la aldea con los abuelos y mi perrita.

LLega el buen tiempo, y hoy sábado seguro que los arenales están a rebosar de familias que a primera hora han bajado los trastos playeros de los trasteros o la buhardilla y están preparando el rancho. Unos bocadillos o algo más elaborado como pollo al ajillo y una tortilla. Todo depende de las ansias por escapar. El coche aparcado en la calle y el depósito lleno.

Ah, qué hacemos con el perro?

Aquí está la pregunta clave. La respuesta de la familia va a ser decisiva en el futuro de un ser, que no es un ser humano, pero diré a su favor, que nadie entrega tanto amor y alegría a la familia de la que forma parte, de la que él cree que forma parte. Pero a veces la crueldad, la frialdad y la indiferencia arrojan a perros, gatos y demás mascotas del hogar, con tanta ligereza como tirar un felpudo usado o una botella de leche caducada. Con la misma indiferencia.

Él se arrojaría a un incendio para salvarte. Tú no lo arrojes del coche en la autopista porque vayas a tomar el sol, y te estorba.

Mamá, mándame alguna foto de cuando estudiabas

Y allí estaban bajo el epígrafe “fotos antiguas” muchas fotos en blanco y negro, sepia, y en color, descoloridas por los años. Imágenes con una pátina de ternura que encierran lo que recordamos y que están en nuestro presente porque somos también lo que hemos sido.

Dos cajas de zapatos hasta los topes porque desde que tengo uso de razón estoy importunando a familia y extraños con la manía que tengo de plasmarlo todo en fotos. Para mí no son solo imágenes, son un trocito de vida, como el aleteo de una mariposa, como un parpadeo que nos trae la belleza y la ternura de tiempos pasados.

Y en este álbum de fotos escaneadas destaca una,datada allá por la década de los sesenta, de mi bisabuelo Jesús. Aquel que en un post de Te Cuento os comenté que este intrépido antepasado se lió la manta a la cabeza, y con un traje, el único que tenía, cogió su maleta de cartón y se embarcó en el puerto de Bilbao para Cuba. Iba a recoger caña de azúcar para hacer cuartos, quería mercar unha leira al lado de su humilde casa. Sería allá por los años veinte.

Años después su hijo, mi abuelo José volvió a revolucionarle la vida cuando se volvió a manifestar el espíritu aventurero de la familia, vendieron todo y abandonaron la aldea para instalarse en la ciudad. Nos trasladamos toda la familia, grandes, medianos y pequeños.

Os imaginais lo que supondría para un anciano dejar su aldea, su casa, sus tierras, sus animales, y seguir a la familia? Pero era un valiente, ya lo había demostrado. Seguro que en poco tiempo había encontrado alguna ocupación que lo distrajera. Un trozo de madera para tallar y con ella hacía maravillas.

Recuerdo un cabecero de cama, dos mesitas y un armario, hechos a mano y de los que aún hoy hay algún elemento en casa. En esta empresa el bisabuelo tuvo algo que ver.

Os contaré una anécdota. De Cuba se había traído un precioso espejo de viaje con los bordes de latón y una pestaña que le salía por detrás, seguramente para que se sostuviera de pie y verse en él perfectamente cuando se afeitaba. Pues en ese espejo se miraba después de que la bisnieta con sus manos regordetas e infantiles le cortara los pelillos que le asomaban por la nariz Lo tengo claro como si aconteciera ayer. Es de las pocas cosas que recuerdo de mi bisabuelo.