Que no se diga!

Nota: Tengo dudas sobre la tilde sobre esa que porque creo que es una conjunción, no una exclamación.

Pues a lo que íbamos.

Imposible con un fotograma identificar una serie, pues para los serífilos seguro que no.

Tiene cuatro temporadas , una quinta está prevista para este año.

Y mola, engancha. Los actores, la imagen, la música, la trama. En fin, la perfección en esencia.

Os recomiendo mesura. No os zampeis una temporada de golpe porque lo vais a lamentar. Os lo dice la experiencia. Reservé para verla en un lugar perfecto, con la mejor compañía del mundo y el fuego de la chimenea encendido. Pequeño momento de felicidad, de una sonrisa de oreja a oreja.

Y si me ha enganchado tanto, si la he visto como poseida, sin tener vida, no dudo en volver a verla más adelante porque la disfruto muchísimo

Dice Matilde Asensi. “Cuando una historia te ha atrapado y has ido como loca hasta que te lo has tragado entero. Se recomienda una relectura porque lo olvidas y lees a otros autores y otros libros. Y dentro de un tiempo, tranquilamente lo relees. Vas a descubrir que estás leyendo un libro nuevo porque como ya no tienes esa ansiedad, vas a recrearte y disfrutar de cada parte.

Tal vcual para las series, no?

Utilizo las series, los libros y las películas -menos, y lo lamento_ para crear un universo de placer. Un microcosmos donde fluye la empatía y sonrisas a doquier. Porque malos momentos y estresantes situaciones las hay a mogollón, y hay que compensar.

Pues a, lo que íbamos.

Reconoceis la serie?

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A otra cosa, mariposa

Matías vuelve al hospital, pero esta vez sin su compañera. La perdió hace un mes. Se fue dulcemente mientras dormía. Según su médico y amigo Manuel tan viejecito como ellos, su corazón estaba agotado y dijo basta.

Es algo que se espera cuando se han sobrepasado los noventa, pero todo se le hace cuesta arriba, y esencialmente, se siente muy solo. Hoy no tuvo quien le dijera si esa corbata iba bien con la camisa malva. Siempre le preguntaba a ella, con una mirada, una sonrisa, un guiño.

No era valiente. No en ese momento. Su perfume, sus cosas, los recuerdos de setenta años juntos. Todo pesa. Así que la decisión de irse surgió como una huida. Había que asumirlo. La pequeña casita de su nieto en Fisterra sería un comienzo de lo que fuera a venir.

Una maleta, una bolsa de esas grandes de Ikea y una caja de cartón con libros y discos. Y estaba listo.

Se sentó en el sofá al lado de la ventana, donde tantas veces habían tomado el té por las tardes. Y contempló su equipaje. Mejor liviano. Esperando a su nieto. Tranquilo, sin un atisbo de duda.

Pasando la mirada por la puerta cristalera que daba a su diminuto jardín donde ella plantaba prímulas cada año, y de color amarillo, su tono preferido. Sus guantes de jardinera aun deben estar en la cajita de madera con tapa abatible que él le había hecho. No. Mente puñetera.

Necesita irse, serenarse y seguir hacia adelante.

La puerta de entrada y la voz de su nieto le condujo a la realidad.

Una mirada alrededor para despedirse, y agarró la maleta que aunque pesada, tenía ruedas y no suponía ningún esfuerzo. Andrés con los otros dos bultos. Y salieron por la puerta.

El coche estaba aparcado enfrente. Insólito porque la calle cada vez estaba más concurrida e imposible para encontrar un hueco. Pues hoy los hados parece que han echado una mano.

Andrés le iba dando conversación. De su trabajo, era el farmaceútico del pueblo, de la reforma que había hecho en la casita. Para que el abuelo pudiera comer en la terracita o pasear por el pequeño jardín había sustituido el caminito de piedra que era muy irregular por unas losetas rústicas, mucho más seguro.

Tendrán que hacer una parada en el AKI para comprar un parasol grande que cubra la mesa de madera y las sillas con cojines que en la terraza componían un lugar perfecto, creía él, para que el abuelo leyera, comiera o recibiera a sus vecinos, y se distrajera.

Todos los días había acordado con Amadora, le vecina, esposa de marinero y madre de dos hijos estudiantes en Santiago, que pasaría por la casa para que le hiciera la comida, la compra, solo si el abuelo lo necesitaba. Tenía que sentirse independiente, pero con ayuda si lo precisaba. Por las noches iría a cenar con él y pasaría un rato con su abuelo preferido, y al que debía de estar, y estaba, muy agradecido porque lo habían cuidado hasta que fue a la universidad mientras sus padres trabajaban.

Siempre pensó que su carácter sencillo, abierto, tranquilo, de darse a los demás, se lo debía a los abuelos.

Y ahora era una forma de compensarlos por todo lo que le habían aportado. Esperaba que el abuelo disfrutara de su casita que había ido arreglando con mucho cariño para un futuro. Y qué mejor utilidad que sea el refugio de su abuelo Matías.

Se durmió mucho antes de que su cabeza se recostara sobre la almohada, mucho antes de poder recordarle a su mente que ese era el comienzo, y que se comportara.

Las gaviotas arrullaron al abuelo como si de un niño se tratara. Y por la mañana se levantó relajado y con mucha energía.

Recordó aquellos barquitos que hacía con los palitos que encontraba en las playas. Estaba en el lugar adecuado y era el momento. A por ello. Pero primero vamos a hacernos unas tostadas para desayunar.

Con calcetines de lunares

Al atarse los cordones de sus zapatos nuevos un flash asomó a su memoria, su mamá cuando era muy chiquitín le compró un osito que le enseñó a valerse por si mismo. Cordones, agujeros, nudo, lazada. Hecho. Y con que orgullo y una gran sonrisa estaba deseando que llegara el momento de vestirse para poner en práctica su nueva adquirida habilidad.

Traje. Porque era menester llevarlo. Tampoco suponía un gran quebradero de cabeza, solo tenía uno. Y de color azul oscuro casi negro. Para adquirirlo se valió del asesoramiento femenino. Las mujeres a las que consultó, casi con unanimidad se decantaron por el oscuro en lugar del gris clarito, que también le sentaba bien.

Camisa que, por casualidad no le iba mal al conjunto. Y corbata. Para esta ocasión cumplió su objetivo aunque tuvo que ponerle un celo por detrás porque se descosía. En fin.

Calcetines de lunares. Y se ven. Regalo de su mamá.

Y su mamá ignorante de todo, sin vivir el estrés de entrevistas, pruebas.

Ocupadísimo. Cerrando temas con unos y con otros. Como en una cámara réflex abriendo plano y explorando.

No te puedo cuantificar lo contenta que estoy. Al fin tu frase “solo quiero sentarme frente a un ordenador y teclear” va a ser posible.

Con todo mi amor. Enhorabuena hijo!

Nuestra primera tormenta

El manzano y el peral aún son unos árboles en ciernes y con sus ramas se muestran incapaces de golpear las ventanas de la casa, sobretodo porque les quedan lejos, pero se doblaban con todo el ímpetu que el temporal les imprimía.

La colección de cactus, que refugiados en la ventana de la cocina contemplaban tal espectáculo, acabaron anegados en agua, como para no echarles en un año.

Pensamientos, bulbos, alegrías y geráneos plantados en el jardín intentaban hacerse aún más pequeños porque el viento les estaban dando un buen repaso.

Las antiguas maderas del paseo marítimo que ahora eran el suelo de la terraza parecían querer imponer calma porque ” nunca chove que non escampe”, pero la ardua tarea se veía agravada pues uno de los laterales no estaba rematado, y ellas mismas notaban en sus tablas la fuerza de Eolo.

Y tierna, la madre casita, ” la maison blue” contemplaba a la prole deseando extender sus brazos y arroparlos a todos en ellos.

Tanto cariño, tanta ilusión, tantos proyectos pequeños y grandes llevados a cabo siempre con humildad y sin desvirtuar la esencia y las vivencias de esta casa que ahora es nuestro hogar.

Decorarla es como regalarle, siempre con mucho cariño, los complementos que acaban de definir su estilo, de contemplar la imagen que se forjó en nuestra mente ya la primera vez que la contemplamos.

Y con estas tablas y las cajas de vino podemos hacer una estantería para el salón. Con el mueble del baño te parece que lo rescatemos del montón destinado a la basura, y lo restauramos. Ya sé, va a costar. Con medio palé se puede hacer un perchero para la entrada. Y más, más.

Y si al suelo de la ducha le ponemos un gresite azulón y pintamos los azulejos también de azul. Parecerá que te sumerges en el mar. Sacamos esta puerta y hacemos un arco, le da otro aire al pasillo.

Y ” la maison blue” toma forma y adquiere personalidad.

A todos los que ayudan a conseguir los sueños

Pueden ser grandes empresas que conllevan muchos esfuerzos y planificación. Pueden ser pequeños proyectos o solo cambios de rumbo imperceptible. Pero para todos necesitas ayuda.

Yo siempre pienso que es como una embarcación en una tormenta colosal. El capitán solo está luchando por mantenerla a flote. Ora a golpe de timón, ora arriando una vela, o achicando el agua. Está solo. Pero qué bien le vendría que le echaran una mano, que se pusieran a su lado, ya no para acallar la tempestad, sino para luchar codo con codo.

A veces no necesitas nada más que una mano en la espalda, nada más que una palabra de aliento o un guiño de complicidad. Solo eso.

Por ello, a los que me conocéis y sabéis cuál es mi anhelo, gracias por todo lo que me aportais, por crear una corriente de empatía y convertirla en el motor de la embarcación que me lleva a puerto seguro.

No se mencionan los vientos huracanados, las lluvias torrenciales o la ruptura de la vela mayor, que en conjunto amenazan con hacer zozobrar la embarcación. Y no se menciona porque contra todo esto puede la fuerza, el empeño y la fuerte disposición de vencer todas las adversidades, que el capitán de este proyecto se asegura reforzar cada día, y que vosotros afianzais.

Gracias. Y a por ello!

Lo japonés, qué cool!

Recién descubro una técnida de bordado, aunque dudo que encaje en el concepto al uso, y estoy fascinada. Con la creatividad a tope ya estoy viendo la ropa customizada con estos remiendos. Carteras para el verano y demás. Esto lo hacían los campesinos del país nipón. Se les rompía la ropa y buscaban una tela que les valiera para tapar el roto, hasta podía ser un trozo de saca, digo yo, y lo cosían. Pero lo que destaca es que las puntadas eran más que visibles, estaban resaltadas, como si fueran un bordado. Esta técnica hoy se llama boro y sashiko las puntadas a modo de bordado.

Preciosa idea.

Y los cerezos en flor.

Y los kimonos.

Y el sushi, que me encanta.

Y el libro que estoy leyendo ahora. Sobre unas mujeres currantas en Tokio.

Qué bonito todo!

Hasta que leo la tasa de suicidios.

Los pisos habitación donde viven.

Las pensiones de los ancianos. Tales que son capaces de cometer un delito para que los metan en la cárcel, y así tener asegurada la comida y un techo.

En fin…

Ya no parece tan cool, verdad?

Viviendo lejos del hogar

Llego y está mi mesa de la esquina al lado del ventanal, vacía, sin ocupar, esperándome.

Y suena “Englishman in New York” de Sting.

Que no ha sido el caso, pero si lo fuera. Si el gris fuera el color de este sábado, estas circunstancias lo inundarían de luz.

Y sí, voy a escribir.

Aunque los vaqueros y la blusa no eran de lo último en moda porque acababa de comprarlos el día anterior en los chinos, Sarisha se veía guapa.

Su larga melena azabache enmarcaba un hermoso rostro, unos inmensos ojos que siempre estaban riendo y en la boca una sonrisa permanente. No es que tuviera motivos todo el día para sentirse feliz, pero estaban disfrutando tanto su madre como ella de aquello que llevaban deseando desde la muerte de su padre, vivir y trabajar fuera de la India. No era un capricho. No eran turistas al uso. No.

Una viuda y su hija sufrían mucha presión de la familia y de la sociedad. Todo pasaba por el tamiz de lo correcto. Había que andarse con pies de plomo y contener hasta las carcajadas porque las habladurias eran una losa que cae encima y de la que luego no te das librado.

Con mucho pesar, y tras muchas conversaciones tras la cena madre e hija subían a la terraza de casa y allí fraguaban su plan mientras tomaban un té. No tenían muchos ahorros, no los suficientes para los pasajes y mantenerse hasta que encontraran un trabajo, así que Rohana, la madre de Sarisha, sacó del joyero todas las piezas que su esposo le fue regalando por cumpleaños y aniversarios, y les dio un mejor destino. No iban a colgar en su cuello, ni lucir en sus dedos. No. Serían el pasaporte hacia occidente.

Y en este momento, mirándose al espejo solo pensó en ponerse rápido las sandalias. Tenía prisa porque en media hora tenía que entrar a trabajar en la panadería. Era un pueblo pequeño y las distancias eran muy cortas, llegaría pronto. Estaba ahorrando para comprarle a un vecino una bicicleta antigua que vendía muy barata, no tenía ni marchas, pero ella sabría arreglarla. Le hacía ilusión.

En la panadería no ganaba mucho, pero le satisfacía mucho la confianza que había puesto en ella cuando fue a pedir el puesto de ayudante de panadera. Ahora, a veces por encargo, hacía chapatis. Y gustaban mucho.

De Calcuta había traído un sari y su caja de especias, regalo de su tía Suri cuando cumplió doce años. Y ahora en este pequeño pueblo costero de Galicia a donde les llevó el destino cuando dividieron en tres partes todo el dinero que habían reunido, y el billlete llegaba a Santiago de Compostela. Pues de su periplo gallego no solamente estaban atesorando buenas amistades sino sacos y sacos de ternura y empatía que ella repartía, pero que también recibía.

Y la vida sigue.