Y si cometemos un pecado?

Otro corte y pega. Ya sabéis… Pero quería haceros un dulce regalo.

Más bien sería un gustazo inmenso. Pecado ni siquiera me lo planteo.

Cuando hace muchos años cogíamos bártulos, niños y coche, disfrutando de todos los preparativos, el destino no era otro que un día de playa. Aún por carreteras nacionales, atravesando pueblos, subiendo y bajando montañas. Largo, pero muy emocionante. Jugábamos al veo-veo, a las palabras encadenadas. Conversábamos porque el pequeño habitáculo lo propiciaba.

A la vuelta se unía un hambre canina, una ducha arenosa, una película y…tarta de zanahoria. Fría, riquísima.

Pues ahí va la receta.

Se tiene que hacer uno o dos días antes para que se empapen bien los bollitos porque no lleva ningún licor.

Tiene un sabor magnífico y, por los ingredientes, me imagino que muy sana.

Un kilo de zanahorias cortadas en rodajas finas. Cubrir de agua y cocer. Es muy importante que cuando las escurrais reserveis como dos tazas de agua.

Pasar las zanahorias por el pasapurés y unir al agua reservada, 400 gramos de azúcar y una bolsa grande de coco rallado, del que habréis reservado un poco para decorar. Revolved todo.

Seis bollitos de leche. Ahora con tanta variedad de bollería es una contradicción que en muchas pastelerías no los haya, pero los hacen si los encargas. Probé con bizcochitos, mediasnoches, y no hay color. Se cortan por la mitad.

Una capa de bollitos, una de la mezcla, repartiendo y apretando. Así hasta acabar.

Yo hago la tarta en una pota ancha y baja. La tapo con un plato o tapa más pequeña y aprieto para que se impregnen bien los bollitos. Hasta a veces le pongo un peso por encima. La dejo dos días en la nevera.

Desmoldar dándole la vuelta sobre una bandeja o plato. Decorar con el resto del coco.

Sale una tarta grande, pero la comeréis rápido seguro.

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La señora María se incorpora a nuestra tropa

Es un trabajo de corta y pega porque estoy transitoriamente incapacitada para escribir. De Te cuento.

De entre las veinte sillas que habían estado en el velatorio a ambos lados del féretro, ella había escogido una del fondo , entre las coronas de flores. Embargada por su aroma y flotando. Recibiendo el pésame de unos y otros, abrazos, caricias, llantos y susurros. Cincuenta años, cincuenta años que habían transcurrido entre muchos sinsabores, menosprecios y amargura.

Y ahora se había quedado sola. Sola en la vida y sola en el espacio vacío de su dormitorio.

Sentada en su silla, y envuelta en sensaciones contradictorias, el dormitorio vacío se le antojaba liberador. El comienzo.

Con un suspiro abrió las contras de las ventanas y dejó que entrasen los rayos de sol que al instante dibujaron arabescos en el suelo de castaño.

La señora María tenía 71 años. Toda la vida la había pasado trabajando en el campo y en casa. Toda la vida al servicio de su esposo autoritario, y ahora podía tomar las riendas de su propia vida.

Bajó las escaleras, se puso una chaqueta sobre los hombros y se calentó una taza de caldo. Necesitaba pensar.

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Abrió el portón trasero de la vieja furgoneta de la casa para que entrara Pepa, su fiel y adorable perrita. La había recogido cuando, empapada y muerta de hambre y frío, merodeaba por el camino de acceso a la casa cuatro años atrás.

Compañeras de aventuras.

Juntas iban a emprender un largo camino con un único objetivo, ver el mar. Para María sería su primera vez, para Pepa no se sabía. Pero lo que tenían claro, era que una de sus grandes ilusiones estaba a punto de cumplirse. Ya habían pasado cuatro meses del fallecimiento de su marido, y cada día se levantaba con más alegría, porque era la dueña de su vida, y en sus manos estaba el rumbo que podía coger.

Tenía muchos proyectos. Unos ya casi consolidados para vender los productos de la granja: miel, huevos, mermelada y galletas hechas por ella misma. Para ello se hizo con una tiendecita en el pueblo, en la casita donde antes estaba la botica, que se había mudado a un bajo mucho más amplio y más vistoso en el edificio que se acababa de construir cerca del ambulatorio. El local al que le había echado el ojo estaba enfrente del ayuntamiento. Su sobrino Matías, albañil, carpintero y todo lo que era menester, le puso el suelo de castaño y unas estanterías de pino tratado con un aspecto envejecido. Picaron las paredes para que la piedra asomara. En el alféizar de la ventana macetas de flores y estores de vichy. Conservó la puerta de hierro que lució con una mano de pintura rojo inglés. En el mostrador cestas de caña hechas a mano por un vecino, para las cosas menudas.

Por la parte de atrás se salía a un patio desaprovechado y se le ocurrío hacer un pequeño jardín. Dos mesas desiguales y rescatadas de los muebles que tiran los vecinos , y unas sillas de lo más variopintas. Quería que los que vinieran a comprar se tomaran un café o un té si les apetecía. Total una jarra para calentar agua, unas tazas y una caja de galletas tampoco era mucha intendencia. Y de paso contemplarían las hortensias, las violetas, manzanillas y plantas aromáticas que florecían en aquel pequeño y entrañable rinconcito.

En la granja había recogido la primera cosecha de los frutales desde que se había quedado sola, y tenía manzanas, peras, ciruelas. Moras y frambuesas en los caminos alrededor de la casa. Más que suficiente para hacer una buena remesa de botes de mermelada para la tienda.

Las uvas de la parra estaban creciendo. Les vendría muy bien el dulce sol de finales de verano.

El huerto estaba a rebosar de tomates, calabacines, zanahorias, lechugas, pimientos, ajos y cebollas.

Las patatas estaban casi a punto para recogerlas, pero hasta mediados de octubre no había prisa. Todo tiene su momento.

Las gallinas, conejos y las cuatro vacas estaban alimentados y limpios. Había encargado a su vecino Matías, el de la granja cerca del río, que al día siguiente fuera a darles de comer y sacara a pastar a las vacas al prado.

Todo en su sitio. Todo arreglado.

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Dio la vuelta a la furgoneta, subió a ella y se despidió de su casa. Sus ojos brillaban. Puso la llave en el contacto.

Con este gesto comenzaba la aventura de recorrer 170 Km para pasar un fin de semana a la orilla del mar. Que 71 años son muchos para emprender esa aventura? No sabeis de lo que es capaz una mujer decidida!

Con los zapatos en una mano y la correa de Pepa en la otra, se adentró en el gran arenal poco concurrido en esa época del año. Solo unos bañistas en el agua, un hombre joven corriendo mientras escuchaba música, y una familia con muchos niños que ya estaban recogiendo para irse. Podría decirse que tenían la playa para ellas solas.

El sol comenzaba el ritual del final de la jornada. Tonalidades amarillas, rojas y anaranjadas se mezclaban en el horizonte para mostrar un verdadero espectáculo. La señora María estaba extasiada. Pardiez! Había visto amaneceres y atardeceres, claro que sí. Y bien bonitos. Pero aquello era prodigioso. Además sentía como su cuerpo se llenaba de sosiego, ternura, alegría. Era un regalo.

Pepa correteaba disfrutando también del mar, jugando con las olas. Se alejaba corriendo y volvía hacia ella con toda la despreocupación y entusiasmo que compartía con su dueña. Mientras ella caminaba por la orilla dejando que el mar acariciara sus pies descalzos y que la brisa revolviera sus cabellos.

No pensaba en nada, solo estaba viviendo el momento y disfrutando de cada segundo.

Cuando llegaron a la furgoneta ya oscurecía. Tenía que buscar en el pueblo más cercano, dónde pasar la noche.

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Mujeres, casi exclusivamente mujeres circulaban presurosas por las callejuelas del pueblo. Unas a recoger el pan, los pasteles y tartas que habían encargado. Otras con las bolsas del ultramarinos, que estaba abierto aún siendo festivo. Compras de última hora y el menú ya tomando forma en sus cabezas. Era el día de la fiesta.

María estaba asomada al pequeño balcón de la habitación de la casa de huéspedes, y era testigo de lo que acontecía.

El día anterior cuando ella y su perrita Pepa subieron a la furgoneta después de disfrutar de una ensoñadora puesta de sol en la playa, se sintió preocupada, no tenía ni idea de dónde iban a pasar la noche.

Siguió adelante circulando siempre al lado del mar, y aparecieron las primeras casas. Unas con jardines muy cuidados en la parte delantera, y otras en medio de parcelas con huertas, frutales y cobertizos.

Un instante más tarde, el pueblo parecía pequeño y recogido, supuso que habían llegado al centro del pueblo porque ya había algún comercio, tienda, y una gran fuente en el centro de la plaza rodeada de bancos.

Sacó a Pepa de la furgoneta y le puso la correa. Daría una vuelta y se informaría si había un hotelito barato, una fonda, una pensión. Cualquier aposento sería bienvenido.

Las farolas ya estaban encendidas y una brisa cálida invitaba al relax, a sentarse en una terracita y olvidarse de todo.

Un local le llamó la atención. Una pequeña cafetería que,a la vez que vendía pan y pasteles, tenía unas mesas afuera con velas en un bote de cristal y un ramillete de flores de lavanda en una simple lata. Una suave música salía del interio dejándola embelesada. Y allí mismo se sentó en una mesa libre.

Una joven que perfectamente podía ser su nieta acudió solícita. María tenía apetito. Alrededor de mediodía había comido un poco de pan, queso y una manzana que había traído de casa. Ahora le apetecía cenar en condiciones. Preguntó lo que podía comer y esperando que solo fuera un bocadillo o algo parecido, se sorprendió con la recomendación de la joven. Podía comer maruca a la gallega. Qué delicia. Desde luego que sí. Aceptó el manjar. Hacía siglos que nadie cocinaba para ella.

Le comentó a la chica si le podía traer algo para la perrita, pues Pepa la miraba con ojos ansiosos y ella también se lo merecía.Unos trocitos de carne y un cuenco con agua. Como dos reinas. Con una porción de tarta de zanahoria y un té remató la cena.

Le vino a la cabeza que su problema aun estaba sin solución. En algún sitio tendrían que dormir. Y así fue cómo supo de la pensión que tenía la madre de la chica, que por cierto se llamaba Nuria. Le dijo que su padre había fallecido hacía dos años. Era pescador y su madre completaba la pensión alquilando la habitación de la hija, pues ahora vivía con su novio. Resultó ser una amplia habitación abuhardillada, con un baño y una pequeña salita. Además estaba cerca.

Allí se fue. Satisfecha con la magnífica cena y la ilusión de tener un alojamiento. Todo había salido a pedir de boca y además, Pepa podía quedarse con ella.

Por todo el lateral la buhardilla se recortaba formando una pequeña terraza. Plantas y una mesa con dos sillas lo convertían en un sitio ideal para relajarse antes de irse a dormir.

Cuando soltó su bolso de viaje en el suelo, se asomó a la terraza y un enorme suspiro y un relax enorme llenó su cuerpo.

Había dormido bien. Las sábanas olían al aire del mar. La temperatura era perfecta para dormir con la ventana entreabierta. Su cuerpo necesita descanso, ni la orquesta cercana la despertó. Solo lo hicieron las gaviotas y los primeros rayos de sol. Por un minuto no sabía ni donde estaba. Se miraron una a la otra y con una caricia tranquilizó a su perrita. Todo bien.

Abrió la puerta de la terraza de par en par par que se inundara el aposento de la cálida brisa, y descalza se dirigió al baño.

La noche anterior, cuando Lucía la madre de Nuria, le mostró la buhardilla, lo que más le llamó la atención fue esa estancia. El baño no estaba oculto al final del pasillo porque aquí ni lo había, formaba parte del conjunto.Separado del dormitorio por un armario y el resto por un mueble bajo muy parecido a una cómoda, llena de toallas. Cajas y cestos recogían jaboles, sales, pañuelos de papel, todo lo necesario, pero sin lujos. Una planta y un cuenco con conchas lo decoraban.

Ahora le apetecía un baño. Un baño relajante y sin prisas, pero Pepa reclamaba su paseo, y tenía que conformarse con una ducha. Salió del baño con una toalla enrollada al cuerpo y perfumada con aroma de limón. Unas voces le llegaron del patio de la casa. Dejó la toalla encima de la cama y se vistió. Una blusa blanca hacía resaltar su piel curtida por el trabajo al aire libre. Unas sandalias negras igual que la falda la mantendrían fresca y ligera durante todo el día. En el espejo del armario se echó un vistazo mientras se arreglaba el pelo con los dedos. Su marido, su difunto, no aprobaría tanto arreglo. Pero ya no estaba presente para censurarla y criticarla, para hacerla sentir menos que una pisada.

Con un gesto con la mano alejó esos pensamientos, y con una sonrisa se asomó por la terraza para saludar a los ocupantes del patio. Lucía estaba acompañada por un hombre, y después de un saludo con la mano le invitaron a bajar a desayunar.

De la mesilla de noche cogió el colgante que era un pequeño reloj heredado de su madre y que siempre llevaba puesto, y con Pepa a su lado bajó las escalera.

Lo estaremos haciendo bien?

Con la mochila repleta de exámenes para corregir, con el paraguas haciendo malabarismos porque era bastante torpe y siempre acababa mojándose, cruzó por el semáforo, y en la librería de la esquina, junto con un montón de ejemplares de la novela del exitoso escritor de turno, sí, allí estaba expuesto un precioso ajedrez. Un ajedrez para su niña aún no nacida. Estaba decidido.

Gestiones, años de papeleo, y nada. Al final, un matrimonio de gays está en la cola para adoptar, por muy liberal e igualitario que sea el proceso. Así que optaron por la otra vía. Un vientre de alquiler en el extranjero.

El nacimiento era inminente y no podían estar más nerviosos. Normal. Una personita iba a entrar a formar parte de su pequeña familia. Dos hombres que la mimarían, le mostrarían lo que se puede conseguir con el diálogo, con la tolerancia, la educación. Le abrirían caminos y la rodearían de amor.

La niña nació. Y no, no discutieron por el nombre. Ya lo habían hecho durante semanas hasta que al final quedó consensuado, Minerva.

Pidieron días de asuntos, parte de las vacaciones, y permiso de paternidad para estar al cien por cien del tiempo dedicado a ella. Al menos dos meses.

Como en todas las familias, la llegada de un bebé supone ponerlo todo patas arriba, se rompe la rutina de tal forma que llegas a pensar que nunca volverá la tranquilidad, el organizar una cena tranquila, o salir a pasear sin una hora de preparativos. Pero qué etapa más dulce y entrañable!

Luego fue “coser y cantar” porque dos hombres tranquilos no se amilanan ante los cólicos, el llanto furibundo, los primeros dientecitos o la búsqueda de una guardería porque tienen que volver al trabajo. No. Esos mofletes sonriendo. Esos deditos regordetes. Esos gorgoritos. Solo veían eso.

Las ojeras por no poder dormir dieron paso a un semblante más relajado, y la nena y los dos papás se empezaban a entender a las mil maravillas.

Y Minerva empezó a jugar con las figuritas de ajedrez: eso fue idea de Marcelo, el profe. Eliseo era escritor en el amplio sentido de la palabra. Te podía hacer un artículo periodístico, un cuento infantil o lo que le propusieras. Se le daba bien escribir, vamos. Pues Eliseo quería que la nena amara la música. Desde que se mantuvo sentada la colocaba entre dos cojines y le ponía una cazuela y una cuchara de madera para que la aporreara. Ya estaban ahorrando para comprar un piano, aunque fuera de segunda o tercera mano, y enseñarle las primeras notas. Y, ni que decir tiene, que la música llenaba la casa a todas horas y la bebita tan contenta.

Querían abrirle la mayor cantidad posible de caminos, de inquietudes, para que escogiera por cual tirar. Y una libreta y un lápiz caerían muy pronto, seguro.

Marcelo ya se estaba viendo con Minerva jugando una partida de ajedrez en el parque al que solían ir. Y Eliseo se veía con la niña interpretando a duo en el piano una pieza en la fiesta de fin de año, por ejemplo.

Y no lo dudeis lo conseguirán.

Y digo más. A los dos les apasionan las series. Estoy viéndolos a los tres en el sofá con mantita y un chocolate con “Juego de Tronos” o “This is us”, pongamos por ejemplo. Aunque Minerva tendría que crecer un poco, total la acabamos de ver nacer.

Nota de la autora: En la cafetería

Una pareja de unos sesenta años, en sus primeras citas. Da esa sensación. Hablaban de la forma más eficaz de secar la ropa. Parecía que los dos vivían solos, y tenían una muy particular y eficaz solución al problema.

Luego. Ella:” Qué suerte haberte conocido”

ÉL:”Veamos…”

Atrapando imágenes

Derrapando, siempre con algo de decoro, recorro el larguísimo pasillo hasta el baño desde donde sabía que tendría la posibilidad de inmortalizar esta belleza. Es un momento efímero y los segundos hay que aprovecharlos al máximo.

Bajé del café, y por el rabillo del ojo al pasar al lado de un ventanal me pareció verlo. Freno, retrocedo y me quedo pasmada. Mes de enero. Menuda belleza de atardecer!

Y ahora que ya no hay que ir cámara en ristre ya que los móviles cumplen bien la función, por lo menos no dejamos escapar la foto. No tenemos motivos para lamentarnos.

A medio camino ya llevaba el móvil en la mano, y el modo escena a un click. Puesta de sol.

Me sucede lo mismo, aunque como forma parte de mi tiempo libre me lo tomo con más tranquilidad, cuando fotografío telarañas con rocío. Me apasionan. A veces, esperando en un semáforo, busco con la mirada las telarañas que suelen tener y “les pongo un post-it virtual” para recordar mirarlas cuando haya niebla o humedad por la noche. Cierto día , y muy cerca de casa, estaba en la misma tesitura, poniéndome de puntillas para ver la telaraña cuando estaba esperando en el semáforo y noto una presencia a mi lado. El vecino más cutre del barrio se estaba preguntando qué estaba haciendo ésta con el análisis tan exhaustivo que le hace al objeto lumínico. En fin…Esas perlas de rocío bien merecen mi reputación de extravagante.

Nota de la autora: En la cafetería donde escribo.

Por nada quiero ser aquella que es capaz de compartir mesa con tu pareja (eso parecían) y en media hora no tener nada que decir. Malo, malo.

La curiosidad por aprender

En la papelera un grupo de folios en vertical, sin arrugar, como si: hice lo que pude, ahora a ver lo que pasa. Los iba a recoger para reciclarlos porque se podían aprovechar por la parte de atrás, pero los ojos recorrieron las líneas y me engancharon. Oraciones.

A ver, una especie de autoevaluación, a ver cómo piensa esta cabecita, cómo guarda lo que tantas veces he explicado. Tendrá un compartimento aún con estos contenidos, o los intereses que tengo ahora habrán eclipsado todo lo anterior?

Doblé los folios en cuatro, y al bolsillo. Seguí con la tarea.

Hora del café. Cogí el lápiz que llevo siempre en el bolso, hoy es una mochila muy molona, muy urban, y entre una tostada con aguacate, salmón y queso Camembert, y dos kiwis y una manzana, metí las oraciones.

Hubo preguntas que no pude hacer porque no me sonaban a nada, pero otras creo que salieron bordadas. El suplemento, los complementos directo, indirecto y circunstancial, los sujetos, y las oraciones pasivas y pasivas reflejas. Y tengo que señalar que no eran fáciles, tenían su aquél.

Qué bien se queda una. Ahora tendré que buscar a un profe que me lo corrija.

La curiosidad para aprender creo que es lo primero que tenemos que inculcar a nuestros niños cuando les abramos el camino a la vida.

Empujarlos suavemente con una mano en la espalda para que deseen saber más y más, de todo lo que les rodea.

Acercarlos a la magia de la lectura. Que un libro siempre dé las buenas noches.

La magia de la escritura. Ahí es donde hacemos un ejercicio de creación, donde reflejamos lo que somos y lo que anhelamos llegar a ser. Hasta incluso unn ejercicio de liberación. Libera preocupaciones, miedos, ansias de libertad, que a veces somos incapaces de expresar verbalmente.

“Cada maestro tiene su librillo” Eso es y será. Pero la meta a conseguir, los logros que queremos obtener, a veces es con los instrumentos más sencillos.

No traigas más ranas a casa

En una bolsa para congelar hizo un pequeño corte en una esquina y se la quedó mirando. Valdría.

No encontraba la manga y la boquilla para rellenar con crema los canutillos de las cañas. No era cuestión de llamar a Elsa y preguntárselo, porque la sorpresa era para la cena de la noche. Habían invitado, como todos los viernes, a un grupo, grupito de amigos porque solo serían cinco contándose ellos. Y para el postre le apetecía que se deleitaran con algo artesano, que no serían tan perfectas tal vez, pero sí más sanas y sabrosas.

Era un hombre muy detallista, tal vez era una deformación de su profesión oculta. Además lo es porque lo he creado yo en mi imaginación, y tengo el poder en mis manos. Pues a lo que íbamos.

Detallista porque no contento con el magnífico resultado de las veinte cañas que había hecho, las colocó en una bandeja de madera alargada con una servilleta de cuadros de vichy por debajo. El resultado era muy atrayente, no solo por el postre en sí sino también por la estética.

Un buen repaso a la cocina. Ordenada porque aún le quedaba por hacer el bacalao con salsa, pasas y huevo duro, pero con que empezara a las ocho le daba tiempo. La empanada de pulpo ya la había recogido en la panadería de la esquina donde por la mañana temprano había tomado café. Todo listo.

De pequeño, hace ya tanto tiempo, ahora tenía 52, su abuelo era su mundo. El abuelo Matias siempre andaba argallando. Todo el tiempo que tenía libre, era ferroviario, estaba dándole vueltas a tal o cual proyecto. Que si tenemos que poner en el jardín una ducha con suelo de madera, pues allá se iban. Que si con un cajón de una mesilla vieja le hacían a la abuela una bandeja para llevar el café a la mesa del salón. Y así hasta el infinito de planes. Y el pequeñajo a su lado, ayudando, dando ideas, riendo cuando algo no les salía tan bien.

A veces en verano caía alguna regañina porque la casita parecia un zoo. Al niño le fascinaba rescatar, según él, a todo tipo de animalito. Tuvieron unos instantes a una ardilla que se puso histérica cuando salió escopeteada de la chaqueta del chandal con la que Andrés la había traído a casa. La pobre vio la ventana abierta y puso tierra por medio. Bendita libertad. Pero ese no fue el único huésped. Grillos, ranas, saltamontes, perros, gatos. Los domésticos se quedaban para siempre, pero con la advertencia de que esos y nada más.

Ahora había salido al patio. Un pequeño espacio con una buganvilla azul que se enredaba por la fachada. Unos parterres con prímulas, es lo que tocaba por la época del año. Una mesa hecha con dos palés, rodeada de sillas desparejadas, la mayoría rescatadas de la basura. Una pequeña barbacoa hecha a mano con ladrillo. Y un horno diminuto que hacía las delicias de todos los que venían a comer a casa porque las pizzas y el pan que hacía eran insuperables.

Tendría que abandonarlo todo. Todo. Y de repente, sin avisar, sin dar ninguna pista. Y era urgente. Su tapadera estaba compremetida. Y en esos momentos lo más importante es que no lo descubrieran porque su misión era primordial para la seguridad del país. Y sería en pocos días.

Punto y aparte

Años y años imaginando, soñando con el mítico día de la jubilación, y hoy, hoy mismo lo está viviendo. Es el primer día.

El viernes, su último día de trabajo, el último vistazo al entorno en el que ha desarrollado su día a día durante tantísimas horas, sus compañeros con los que ha compartido tantos problemas y tantas alegrías. Lo echaría de menos? Es que no se lo plantea. Se abre la puerta, dará el paso y traspasará el umbral con fuerza y con muchas ansias de renovación, sin volver la vista atrás. Se abre un nuevo mundo que está sin planificar y eso es lo más emocionante.

Los últimos meses en el trabajo con vacaciones y días que le quedaban por disfrutar, fueron de lo más liviano. Una antesala a lo que iba a ser el después. Empezó a vislumbrar en que iba a ocupar las jornadas futuras. Lo sentía por sus nietos, pero el papel de guardería no iba con él. Sí, echaría una mano cuando hiciera falta y estuviera disponible, pero quería tener su propia vida. Veía con frecuencia la cara de angustia y agobio de muchos abuelos que hacían de padres a tiempo completo, y no lo veía justo. Reuniones familiares y viajes juntos, perfecto. Pero su tiempo era suyo.

Le estaba dando vueltas a una idea que cada día la veía con más claridad. Vender el piso de la ciudad y cambiar de entorno. En el rural, en la costa? No lo tenía claro porque tampoco había profundizado en el asunto. No sentía arraigo ni que estuviera atado a su casa. Sentía que el hogar va contigo allí donde vayas, surge sin esfuerzo. Cierto es que en su larga vida lo que consideraba imprescindible fue cambiando según la etapa que estaba viviendo. Ahora un poco le bastaba. Libros, unos vinilos, un sofá y poco más.

Una borrasca asociada a un frente frío con nieve para bajas alturas.

Dejó la compra en el cajetín del supermercado y sus pasos lo encaminaron a una cafetería de esas que prefería él, con grandes ventanales. No le gustaban los espacios cerrados o que dieran esa sensación, lo agobiaban.

Allí estaba Mara. Nuestra Mara, la que dejamos plantando los tulipanes, sentada en un taburete, mas bien, haciendo equilibrios sobre él, tomándose un chocolate y unas galletas de avena. Resguardándose también del frío.

Y hoy ninguno de los dos tenía prisa.